Esta vez comencé el horario a las 9:00 am de la mañana, ya que era lo más temprano posible que podía llegar. Busqué al doctor Jorge pero no lo encontré, entonces esperé por un buen rato a que la señorita de la oficina de Terapias que decía que necesitaba trabajo volviera de no sé donde. Al final regresó cuando otra señorita me había informado que el licenciado se encontraba pero en otra ubicación. Decidí ir con la primera señorita, pues se trataba de emprender nuevos desafíos y mi papel como niña que conversa y sonríe es totalmente irrelevante.
Me condujo primero por hidroterapia, luego a una escalera exterior, luego a un pasillo y finalmente al área de Terapia de Lenguaje.(2. Emprender nuevos desafíos). Ahí me dejó, con una señora que a su vez me encargó con la Licenciada Mara. Ella se presentó muy amable, parecía el tipo de persona que siempre se esfuerza por esconder su mal humor aunque no siempre logra hacerlo. Me encargó repasar el cuaderno de un niño que tenía problemas para pronunciar el fonema "s".
Al principio fui arrogante, lo admito con vergüenza. Quería hacerlo a mi modo, aunque Mara me corrigió y siento que eso estuvo bien. En realidad el niño era muy tranquilo y educado, creo que hizo un muy buen trabajo. Se esforzaba por no sacar la famosa "s" española. No lo esperaba, pero antes de irse me agradeció por indicación de la licenciada Mara y fue un momento muy especial. Sin embargo, también siento que no lo ayudé para que me agradeciera, sino para que le sirviera.
Luego Mara me hizo repasar unas fotos a un niño de piel oscura, gafas enormes, que canturreaba en un idioma desconocido algo incomprensible. Desde su silla de ruedas, a veces miraba las fotos mientras yo le hablaba con voz de retardada mental. Las fotos eran de personajes de su familia, que tenían atrás el nombre de ellos para que yo pudiera nombrarlos, a veces los identificaba y cogía las fotos pero no era así la mayor parte del tiempo. La doctora Mara me explicó que tenía parálisis cerebral, jamás podría hablar, pero la terapia lo ayudaría de todas formas.
Era muy tierno, pensé, también sabía que no era la única que pensaría lo mismo. ¿Pero qué pensarían de él en algunos años? Cuando hubiese abandonado por completo su fase de niño y las hormonas le hubiesen entregado los problemas de desproporción que todo ser humano debe afrontar. ¿Que pasaría cuando fuese adulto, cuando estuviese sucio, cuando se encontrara enfermo? ¿Alguien querría ocuparse de él?
Veía las fotos de una mujer muy guapa, un hombre serio, un hermano precioso, unos abuelos indescifrables. ¿Qué pensaría su familia de él? ¿Sentirían muy en el fondo que es una carga para ellos? ¿Se encargarían de él para siempre? ¿Quién lo hace? Lo mejor que podemos hacer es empezar a hacerlo nosotros mismos. (7.Considerar las implicaciones éticas de sus acciones).
En la fotografía se puede apreciar la silla de ruedas en la que estaba sentado.
Después, la doctora Mara me encargó cargar a un niño muy pequeño que lloraba y sacarlo a pasear al balcón para que se tranquilizara. Fue terrible, creo que lo cargué en una posición que dolía y lo hice llorar aún más. Tampoco podía soportar el peso, no pude hacerlo. Debo aprenderlo, sin embargo ¡Cuánta ayuda no puedes dar por no saber cargar bebés!(1.Adquirir una mayor conciencia de sus propias cualidades y áreas de crecimiento).
Luego la doctora Mara me encargó repasar el cuaderno con un niño llamado Angelo, muy inquieto y muy distraído. También era agresivo, me pegó en la cara y me dejó una cicatriz. Sin embargo, logré al final ponerme dura y hacer que repitiera los fonemas. La verdad es que sí sentí que no tenía control sobre él la mayor parte del tiempo y no sabía como solucionarlo, supuse que si hubiera sido cualquier otra doctora sí. Pero lo importante es que pronunció algunos fonemas. Algo me dice que tenía un transtorno de conducta pues cuando tenía crayolas al alcance de la mano rallaba todo su cuaderno sin control. No obstante, era otro pequeño más y no podía dejar de mirarlo con la mismas ternura que a los demás, o al menos eso sabía que tenía que ser.
Fue en esa carpeta donde tuve que repasar su cuaderno, yo estaba sentada en la silla que se observa hacia abajo.
Después de que se fuera el niño me enteré de que había faltado la licenciada Paola y de alguna forma yo estaba haciendo su parte del trabajo que no necesitaba realmente una capacitación. Estaba trabajando en equipo con la licenciada Mara para que los niños no se quedaran sin recibir la terapia que necesitaban, yo hacía las cosas que podía hacer y ella se encargaba del trabajo pesado. También hacía pasar a los pacientes que las otras licenciadas necesitaban, porque había alboroto en la sala de espera. Me llamaron la atención un par de veces por dejar la puerta abierta, por soy algo despistada. (4.Trabajar en colaboración con otras personas).
Como la doctora Mara se llenaba de pacientes, empezó a no poder disimular su mal humor. He conocido a personas con ese temperamento, sonríes mientras quieres matar a alguien. No traté de juzgarla, sino de acoplarme a su ritmo para terminar al horario en que ella tenía que retirarse. Después de todo, no es culpa de algunos seres humanos perder la calma un poco antes que los otros.
Sentí que tenía el mejor trabajo del mundo cuando tuve que alimentar a un bebé con ojos enormes con papilla, mientras él me aplaudía con los pies. También tuve que sacarle sus mediecitas. E inventar como enseñarle de una forma algo maternal los animales en figuritas que me entregó Mara. Él se encariñó con ellas y no quiso soltarlas.
Después de eso la doctora Mara tuvo un último paciente al que solo observé. Era un niño que hacía un traqueteo muy extraño, producto del tubo que salía por un agujero de su traquea ya que un día no pudo respirar bien. También tenía hidrocefalia, tenía muchas cosas... Me hacía sentir mal. También lo hacían sus padres, que se veían muy cansados. El niño ya era grande, pero aún así se desplazaba en un coche para bebés. Solo pude admirarlos a ellos por su gran amor y sus ganas de luchar, y prometerme a mi misma rezar por él todas las veces que pueda.
Cuando la doctora Mara se fue todavía debería esperar una hora antes de ir con el licenciado Jorge, pero ya no necesitaban trabajo en esa área así que me mandaron a otra habitación de Terapia de Lenguaje. Ahí me encargué de ayudar a la doctora Rosa, que era menos conversadora y prefería escuchar música de Andrés Calamaro mientras hacía su trabajo. Abajo una foto del área donde trabajaba.
Tuve que mover mucho, para ser honesta. La doctora, ni bien se fue un paciente con su padre, aclaró que preferiría terminar rápido. Sin embargo llegaron dos pacientes más. Primero un niño cuya madre tenía mi edad, eso me impresionó. Espero que no lo culpé por sus frustraciones nunca. él se llamaba Faber... o algo así. Le repasé su cuaderno mientras la doctora le hacía masajes faciales a un bebé.
El cuaderno de Faber
El cuaderno de Faber
Después me pidió que me pusiera los guantes, colocara algo de Musse de chocolate en mi dedo y lo pusiera en su paladar para que él lo siguiera la lengua. Acto seguido le enseñara a pronunciar la "l". Realmente no quería hacerlo en un principio, pensé que me daría asco y tampoco me creía capaz, me disgustó que la doctora me dejara su trabajo. Después me di cuenta de que no era tan dificil ni daba tanto asco. En efecto estaba concentrada en el niño, que era muy lindo, quería que pronunciara la "l" bien. También pensaba en lo dificil que sería tener una madre de 15 años, que no se veía casi nada maternal. Al final lo hice, y me sentí muy contenta por los dos. (8.Desarrollar nuevas habilidades).
Lo encargué con su madre antes de irse y le expliqué el procedimiento pues era necesario que ella se lo hiciera todos los días para que finalmente Faber pudiera pronunciar la "l" correctamente. Pero ella parecía indiferente y apurada, eso me preocupa.
La doctora también quiso que le hiciera el mismo procedimiento a un chico mucho más alto que yo, con parálisis cerebral, pero no pude hacerlo porque terminaba comiéndose la fruna. Así que limpié su oficina y luego me retiré a ayudar al doctor Jorge.
Una vez ahí hice lo que siempre hacía con el doctor Jorge y sus pacientes: conversar para mejorar el clima. Conversamos sobre que él no quería tener hijos. Yo lo refuté y la madre de familia lo respaldó, habló sobre las responsabilidades que eso conlleva. Se veía como una mujer muy controladora sobre su pequeña hija, pero intenté no juzgarla, a pesar de que eso afectaría a la niña con el tiempo.
Después vino otra niña muy delgada que no podía estirar las piernas, su madre era callada. Ella, por el contrario, era muy risueña y no parecía tener un problema. El doctor la posicionó sobre una pelota de pilates y le estiró las piernas, se quedó callada. Después de un momento comprobé que estaba lagrimeando, llorando en silencio. Dejó la pelota mojada, la admiré mucho. Tuve que ponerle y sacarle una especie de sujetador en las piernas, para que las mantuviera estiradas, a pesar de que eso le causara dolor. Pensé que ella secretamente podía ser más inteligente que todos, conocer los misterios del universo. Por eso no lloraba escandalosamente, como todos los demás niños del hospital.
Un poco antes de irme, a eso de las dos, el doctor Jorge comenzó a hablar de un tema muy interesante con la madre de un niño chileno que tenía la cara roja y hundida. Él decía que mientras estudiaba dejaba pasar gratis a los pobres para que los atendieran, pero un día lo descubrieron. En vez de reñirle, su profesora lo felicitó pero le recordó que ellos se mal acostumbran. Por eso hay que brindarles ayuda, pero también exigirles un esfuerzo por ella, aunque sea mínimo. No tanto por beneficiarnos de ese esfuerzo, sino por el mismo bien de ellos en realidad y por la ética. (7.Considerar las implicaciones éticas de sus acciones).
También empezó a hablar de un proyecto a largo plazo con el que había estado soñando, en el que brindaba terapias y ayuda médica a los lugares más pobres y recónditos de Lima. Muchas madres de pacientes se emocionaron y buscaron apoyarlo. Yo me interesé mucho.
Al final del día sentí que mi existencia había sido muy útil. A pesar de concluir con un dolor de cabeza infernal, de alguna forma estaba feliz. Creo que por un momento caí en ese universo paralelo en el que todos caíamos cuando empezamos en Lanavilla. Sin interés personal, ni pensar en las bitácoras, ni en la salud, ni el mar de tareas que nos esperaban. Sentir el calor del abrazo de los niños, sus miradas brillar con la comprensión del inglés, sus bocas con dentadura incompleta sonreír: Nos daba energía para toda la semana. Además, pienso que aprendí mucho hoy: por ejemplo, a vocalizar en voz alta para que los niños vocalicen conmigo; a llamar la atención por el beneficio del niño; a ser cariñosa con alguien que probablemente no habla ningún idioma, confiando en que de alguna forma siente tu cariño; a enseñar a usar la lengua aun niño con tus propias manos. También me quedo con toda la admiración hacia los pacientes y su familia. Verdaderamente me escandalizaban los largos procesos de recuperación, porque los creía imposible. Pero ahora veo a niños lidiar con el dolor todo el tiempo sin paralizarse, son tan valientes que incluso intentan vencer las limitaciones con las que nacieron. Verlos hacerlo es simplemente tan hermoso.





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