No sé porque he empezado a escribir esta bitácora después de medianoche, creo que necesito ir a Llanavilla con urgencia y recordar porqué vale la pena vivir. Puede sonar a dramatismo puro o a una niñería pasajera, pero no estoy escribiendo esto con el corazón roto. Mucho peor: lo hago con uno de plástico, de piedra, de hielo, de goma, de lo que sea menos de lo que debería ser. Porque lo que estoy haciendo es pecado y lo hago muy a menudo sin siquiera tener la intención de hacer algo malo: estoy expulsando a Dios de mi vida sin querer queriendo. Estoy endiosando a un montón de ídolos y dejándolo a él en un segundo plano, donde de ninguna forma merece estar. Perdóname Dios mío, por perder el contacto contigo y por ser débil. Ya he podido comprobar que sin él las cosas sencillamente no funcionan. Es absurdo y a la vez casi científico como las piezas se van armando de tal forma que van a caerse inevitablemente, cuando lo expulso de mi vida. Quisiera poder acceder a esa sensación real otra vez, sin tener que alejarme de Dios.
Esa clase la esperábamos con impaciencia, porque sería la clase en la que los niños de Llanavilla vendrían al colegio. Ansiaba tanto ver cómo sus rostros cambiarían cuando vieran las grandes instalaciones. Ellos se veían muy felices y extremadamente curiosos con todo. Además, al haber reservado el anfiteatro de inicial casi no podían controlar sus impulsos de ir a los juegos. Pero había que empezar la clase.
La primera actividad consistía en distinguir colores de frutas. Pude conocer a una niña llamada Andrea que me parecía graciosa, era delicada y femenina; es la consentida de Aarom, dice que se parece a su hermanita. Por otro lado traté de acercarme a Thiago pero se comportaba distante y yo no entendía porqué, si la clase anterior había estado tan ameno. Jesús, por su parte, rompió el record de ternura con un saco súper gigante y abultado. Pero es difícil hablar de temas profundos con niños, al menos a mí me resulta así. Fue desconcierto y alegría inmensa ver que nuestro tutor Piero logró calmar al pequeño Valentino con una charla.
Después vino la segunda actividad, que estuvo llena de magia para los niños. Me sorprendió la creatividad que tuvieron Aarom y Sergio para este proyecto y la entrega de Aarom para disfrazarse de payaso, siendo él mismo quien propuso la idea. Los niños parecían disfrutar y eso nos alegraba bastante. Habían un pequeño llamado Alonso que no quería participar en las actividades; mientras la mayoría se fue corriendo tras el payaso yo me quedé con él y traté de animarlo. Le dije un montón de tonterías cursis que probablemente ni entendió pero intenté bajo todos los medios que se me ocurrieron hacerle entrar en confianza. Al final logró hacerlo y se integró junto a Thiago y a Jesús. Luego Thiago y Alonso se pusieron a dar varios volantines y no puedo explicar lo tiernos que se veían como pequeñas bolitas humanas rodantes. Luego nos dimos un abrazo colectivo que se sintió muy bien. Además, vino una profesora de inicial llamada Beatriz que era una experta en controlar niños ¡Hacia magia! Gracias a ella pudimos culminar las actividades y de paso aprender algunas técnicas. Por ejemplo, si un niño no presta atención hacerle saber que por su culpa se retrasa la actividad. También tener autoridad y no tratarlos de igual a igual
Después vino la segunda actividad, que estuvo llena de magia para los niños. Me sorprendió la creatividad que tuvieron Aarom y Sergio para este proyecto y la entrega de Aarom para disfrazarse de payaso, siendo él mismo quien propuso la idea. Los niños parecían disfrutar y eso nos alegraba bastante. Habían un pequeño llamado Alonso que no quería participar en las actividades; mientras la mayoría se fue corriendo tras el payaso yo me quedé con él y traté de animarlo. Le dije un montón de tonterías cursis que probablemente ni entendió pero intenté bajo todos los medios que se me ocurrieron hacerle entrar en confianza. Al final logró hacerlo y se integró junto a Thiago y a Jesús. Luego Thiago y Alonso se pusieron a dar varios volantines y no puedo explicar lo tiernos que se veían como pequeñas bolitas humanas rodantes. Luego nos dimos un abrazo colectivo que se sintió muy bien. Además, vino una profesora de inicial llamada Beatriz que era una experta en controlar niños ¡Hacia magia! Gracias a ella pudimos culminar las actividades y de paso aprender algunas técnicas. Por ejemplo, si un niño no presta atención hacerle saber que por su culpa se retrasa la actividad. También tener autoridad y no tratarlos de igual a igual


