viernes, 30 de enero de 2015

Jueves 22/01/15

Ahora tengo un mal concepto sobre las altas expectativas. Esta vez fui con expectativas muy bajas y terminé haciendo mucho más de lo que me imaginaba. Aunque, reitero, lo más importante es haber ayudado  y no sentirme satisfecha. 

Esta mañana el doctor Jorge me recibió amigable y sonriente, atendiendo a un precioso niño moreno digno de ser contratado por cualquier agencia de modelos: era el bebé perfecto. Conversamos un poco, esta vez desde un punto de vista médico. Me contó que ese niño no podía subir los pies, algo de los tobillos, y por lo tanto tendría problemas para caminar. La gente que sufre luce exactamente igual que la gente que cree que sufre ¿O me parece?

Luego atendió a la hija de unos señores serios, parecía que eso requería más atención, así que me pidió que hablara con los padres. Yo los miré, me entorpecí, les dijo buenos días y ellos asintieron con la misma cara de serios. Ah, que momento tan incómodo. Me quedé en silencio hasta que me distraje con el bebé rubio de la otra vez: Alejandro Matthews. Su madre me pidió que cuidara que no se cayera de la camilla mientras ella traía algo. Luego evité que el celular del licenciado cayera en sus manos. Su madre era una mujer joven, muy parecida a él. Comenzamos a hablar, ella era más amigable. 

Descubrí con impaciencia que quizás el trabajo más difícil y abundante que encontraría en el lugar sería hablar, algo para lo que sé que no nací. Sé que mi misión como voluntaria es aliviar el malestar de quienes van a ser atendidos, incluidos los padres, que probablemente estén más conscientes del problema de los niño. Pero no sé cómo penetrar en una piedra, sencillamente reboto. En cambio, para el doctor Jorge eso no es problema. (8. Desarrollar nuevas habilidades).

Después, el doctor comenzó a hacerle a Alejandro Matthews la terapia. Ahí fue cuando me enteré que tenía una "plesia" en el lado izquierdo. Cuando tienes una "plegia", no te puedes mover; pero si tienes una "plesia" entonces no coordinas. En serio, no se notaba, él no dejaba que su limitación se volviera parte de su identidad y creo que eso es genial. Luego, el doctor me dejó ayudarlo hacerle la terapia con los aros. (2. Emprender nuevos desafíos). 
Esta consistía en que el pequeño utilizara su brazo izquierdo para transportar lo aros de un lado al otro. Y yo se los alcanzaba o los sujetaba. Sentí que hacía algo útil  por fin, pero también me alegro que el niño pudiera realizar los ejercicios sin mayores complicaciones, eso indicaba que la terapia iba muy bien. Mientras tanto, el doctor hablaba con la madre del niño. Ambos son muy amigables, pero me sorprendió que se hicieran preguntas personales como sobre su pareja u opinión sobre tener hijos. Entonces se me ocurrió que el doctor también era psicólogo pero no ejercía la profesión. 

Después, nos despedimos de Alejandro Matthews y su madre, y él se fue a almorzar dejándome a cargo de una doctora. Ella también era amigable, inició la conversación y me presentó a su paciente: un niño de ocho años con una similitud increíble a un oso polar. Él comía mucho y también era muy travieso. Estuve observando lo que hacía mientras conversábamos, también conocí a su hermano, un muchacho de mi edad que era campeón de motocross y atletismo. Por esa razón solían viajar a Lima, aunque esta vez se trasladaron desde Cajamarca para la terapia del menor. 

Luego la doctora se fue a almorzar y nos encargó vigilar al pequeño. Él tenía que hacer cinco idas y vueltas como rana por un trayecto, aunque se distraía mucho no hubieron complicaciones. 
La imagen muestra aquel trayecto que para un niño de esa edad estuvo lleno de distracciones. Recordé con gracia que a los niños se le debe recordar las cosas constantemente. Después me dijo que lo llamara, eso me conmovió, me quitó mi celular y se puso a jugar Candy Crush. Luego se lo arrebaté y me tiró al suelo. Al final se fue riendo y gateando, como un oso polar, gritando "Lo siento". 

Después fui con otra doctora que era un poco más seria, pero igual amigable, que esta prendida a su celular. No sé si eso es correcto, probablemente no era necesario prestar mucha atención a lo que el niño hacía estando su mamá presente, pero no sé si es correcto. Me contó que el solo tenía pie plano, era una de sus primeras sesiones, tenía que hacer muchos ida y vuelta llevando aros en puntas. Me encargó que vigilara que volviera a transportar todos los aros caminando de talones y luego hicieran 30 subidas a las escaleras. Luego de un rato me deseó suerte y se fue a almorzar. 

Dylan encontró muy difícil caminar de talones, como me advirtió, pues sus pies eran planos. Su madre no era cariñosa, le decía de forma fría que se apurara para poder irse. No la juzgaría, no podría hacerlo, quien sabría la cantidad de problemas que tendría, ¿Quién era yo? Pero algo me decía que Dylan prefería los tratos más cálidos. Además, después de un rato empezó a decir que no podía hacerlo y se detuvo para reprimir el llanto. Me sorprendió la madurez del niño, así que me paré a su lado y le dije que "La palabra no puedo no existe". 

Luego le propuse hacer carreras y empecé a caminar de talones con él, sin saber si era correcto o si yo era una promotora del engreimiento desmedido. Pero después de eso el estuvo mucho más animado y terminó rápido, ganándome en todas las carreras para mi asombro y verguenza. En realidad sí me dejé ganar, en mi defensa, pero yo tenía zapatillas y el andaba descalzo. (5.Mostrar perseverancia y compromiso personal en sus actividades).


Él se hallaba muy feliz de haber superado el reto, ordené los aros y lo acompañé a las escalerillas. Me asustaba la velocidad con la que subía, temía que se cayera en cualquier momento, así que me puse detrás de él con los brazos abiertos para evitar cualquier accidente. Él estaba muy entusiasmado cuando lo trataba con alegría, terminó rápido sus ejercicios. Me sorprendió que no se distrajera para ir con su amigo a jugar con la tablet de este. Le dije que después podría ir a jugar, que le faltaba poco ¡Y me hizo caso! 

Esas son las escalerillas por las cuales subió y bajó como un pequeño saltamontes. Pronto vino su mamá por él, y tuve que decirle que se encontraba  jugando en esa esquina, ella lo obligó a irse a pesar de que él estaba divirtiéndose. Miré la escena con tristeza, me pregunté como sería Dylan a mi edad. 

Después regresé con el doctor Jorge, quien empezó de nuevo sus terapias. Primero llegó una niña con microcefalia que no podía moverse por debajo del cuello. Era realmente pequeña, sobretodo su cabeza. Su madre parecía no ser mucho mayor que yo, ella nos contó que se había aferrado a la Iglesia para soportar los golpes de la vida, pues su religión evangélica y Dios eran el motivo de esta. 

Además, nos narró el incidente de su parto. su niña Nicole nació y entró en paro porque el oxígeno no le llegaba correctamente. Ella pudo ver cuando los doctores se la llevaron de emergencia, logró escuchar "Reanimación" y luego vio la tina de sangre que ella misma emanaba. Acto seguido, se encomendó a Dios antes de desmayarse. 

El doctor también le realizó terapia a Cochachín,  un niño de la Sierra de no más de tres años, que hablaba quechua al igual que su madre. Ella tenía dificultad para entender que debía traer una crema de bebé en vez de crema de adulto. El doctor ya se había cansado de prestarle crema para la terapia y le habló fuerte para que entendiese. 

Al final del día aprendí mucho, y también pude dar de mi para hacer a otras personas menos infelices, que es lo más importante. Conocí nuevas historias, todas ellas muy intensas y marcadas por el deseo de superación. Tuve el honor de poder ayudar a niños a realizar sus terapias de forma directa, algo por lo que siempre estaré agradecida. También entendí que en ciertas situaciones está bien molestarse, si es que eso ayudará a la otra persona a ser mejor. (7. Considerar las implicaciones éticas de sus acciones). Me siento tan afortunada y llena. Ojalá esos niños continúen con el indiscutiblemente admirable deseo de disfrutar de la vida, a pesar de las pequeñas interrupciones. 

jueves, 29 de enero de 2015

Martes 20/01/15: Rehabilitación

Después de no poder asistir a la reunión del sábado por motivos que no dependían de mi, le pregunté a la coordinadora Mireya si por favor podría ubicarme en algún área explicándole la situación. En unas horas, de forma amable, me informó que por el mes de enero pertenecería a Rehabilitación. Tenía entendido que estaría lejos de mis anteriores compañeras, lo cual me puso un poco nerviosa, pero acepté el reto. 

Aunque sabía que dar apoyo moral era básicamente todo lo que podía hacer, no sabía lo que era dar apoyo moral. El señor José me condujo hasta rehabilitación y le preguntó a una señorita que trabajaba en una oficina si había trabajo disponible para la voluntaria (yo). Ella miró algo y anunció que la mayoría de terapistas ya tenían ayudantes, pero que podría ir con el licenciado Jorge. Luego ella me condujo hacia una sala un poco más alejada del ambiente y me presentó a un señor sentado frente a una camilla con un precioso bebé rubio acompañado de quien parecía ser una madre muy joven. 


No soy una persona amigable, ni tampoco alguien que sabe como hablar con personas extrañas en una clínica. Me sentí muy torpe y nerviosa ante el amigable joven/señor que tenía en frente, que comenzó a sacarme información y de repente hizo desaparecer la tensión con su interesante plática. El licenciado Jorge debe ser alguien que no solo disfruta mucho conversar, sino que es tan hábil realizando terapias que no necesita estar únicamente concentrado en ellas para efectuarlas bien.


Así fue como me comentó de Freud, el misterioso padre del psicoanálisis que logró penetrar dentro de sí mismo y frenar un inevitable enamoramiento. Pero no solo eso, el licenciado tenía un amplio conocimiento respecto a psicología. Me habló de unas clases de hipnosis en España, del inconsciente, subconsciente y consciente. Me comentó que hay personas que bloquean recuerdos, por ejemplo algunas niñas violadas.  Entonces le dije emocionada que mi monografía trataba sobre eso, y ofreció prestarme un libro de mnemotecnia. (8. Desarrollar nuevas habilidades). 

También hablamos sobre su concepción de la eutanasia. Me contó una historia interesante, parece ser alguien a quien le emociona contar historias. En sus primeros años conoció a un muchacho que había regresado del extranjero y por ayudar a sus antiguos amigos había accedido a trabajar de cobrador de micro por un día. Entonces, cuando atravesaba una avenida muy concurrida, se apoyó en la puerta del micro para recuperar el balance y esta salió disparada con él encima. Se golpeó exactamente en una vertebra que al romperse lo dejó inmóvil por debajo del cuello. Aunque sus padres sufrieron mucho, no querían dejarlo morir. De ser un muchacho musculoso pasó a ser piel y huesos en muy poco tiempo. Él podía hablar, razonar, estaba consciente de todo; y deseaba morir aunque se lo impedían. Hasta que una noche decidió empujar su cabeza al punto de caer de la cama en la que se hallaba postrado con todo su cuerpo, rompiéndose el cuello y descansando por fin en paz. Entonces ¿Qué es la eutanasia? (7. Considerar las implicaciones éticas de sus acciones). 

Cuando terminó de contarme esa historia estaba a punto de llorar, pero me sentía avergonzada porque habían tantas personas ahí lidiando con el dolor inmenso que la naturaleza podía proveerles y yo era una adolescente estúpida llorando por una crisis existencial.

En realidad, mi presencia no era muy útil. Trataba de sonreír a los niños de vez en cuando y alcanzarle algunos materiales al doctor, como lapiceros u hojas, también una pelota de pilates para unos ejercicios. Luego terminó el turno del doctor y se despidió de forma cortés. Me sentía un poco torpe porque no sabía cómo hablarle a los pacientes, ya sea en plan de "Oye, te comprendo en el dolor" o "Concuerdo contigo, la vida es cruel", o "Vamos a aparentar que no sucede nada", o " Sabes, soy una tonta voluntaria que cree que hace algo útil aquí e intento ayudarte así que déjate ayudar". No sabía de qué forma debía pensar en este caso, así que no pensaba en nada.

Salí sin rumbo y me encontré a Paola, ubicada en el ambiente grande de rehabilitación, ayudando a la doctora Katty. Me dijo que la habían mandado ahí después de haberse quedado sin nada que hacer, supuse que ningún otro técnico necesitaba ayuda así que "me colé". La labor fue muy sencilla, ubicar en una lista grande los nombres que se hallaban en un montón de recibos; y si no se hallaban ahí había que escribirlos.


Aunque parece un trabajo muy sencillo, a falta de trabajo hay más problemas porque ambas queríamos sentirnos útiles. Paola alegaba que mi letra es indescifrable, y yo le decía que tenía derecho a a hacer algo. Al final nos repartimos la tarea salomónicamente. 

Después de eso, intentamos tranquilizar a un niño para que la doctora pudiera hacerle la terapia. Él era muy inquieto y le gustaba escupir, lo cuál lo hacía aún más adorable. Ella nos contó que se trataba de un niño hipotónico; en síntesis, sus músculos siempre serían débiles, pero la terapia lo ayudaría a llevar una vida más o menos normal. Él se rió y me escupió de nuevo, me sacó una sonrisa de verguenza. Él no viviría para llorar, como probablemente lo hubiera hecho yo. 

Después de eso nos volvimos a quedar sin trabajo, porque la doctora se retiró. La señorita de la oficina nos mandó a hidroterapia, donde los doctores se sumergían en las piscinas para tratar a sus pacientes en el agua. Parecía un trabajo muy divertido, pero nadie parecía necesitar ayuda. Entonces nos fuimos, y otra vez esperamos a que Yesenia regresara de almorzar para que abriera la puerta y nos deje firmar la hora de salida. Fue una espera triste y frustrante para mi,además del frío que se sentía en la sala de espera. 

Al final del día sí pude rescatar aprendizajes de esta experiencia. En primer lugar, vencí mi miedo a hablarle a adultos extraños, bueno... en parte. En segundo lugar, aprendí sobre Freud, psicología básica y el dilema moral de la eutanasia, los cuales me hicieron reflexionar sobre el paisaje variopinto que antes me parecía aterrador y ahora me resulta atrayente. En tercer lugar, conocí los problemas sobre la falta de trabajo y cómo se resuelve con trabajo en equipo. En cuarto, re descubrí que cuando quieres ayudar no siempre debes esperar a que alguien te pida ayuda, sino tenderle la mano sin miedo a que te rechaze.  (1. Adquirir una mayor conciencia de sus propias cualidades y áreas de conocimiento). 

miércoles, 28 de enero de 2015

Jueves 15/01/14: Trabajo pesado

El día comenzó con emoción y altas expectativas, ganas de realizar un trabajo admirable sin ser admirado y ofrecérselo a Dios. Pero había un error en la planificación, pues las áreas recién nos serían asignadas el sábado en una importante reunión y mientras tanto acudíamos a Hospitalización sin ser requerida nuestra ayuda o estar informadas las enfermeras.

No había mucho que hacer, además de estar con Miguel Ángel, pues la mayoría de pacientes eran niños que tenían la compañía de sus seres queridos. Se me ocurrió que podríamos acercarnos de todos modos y ayudarlos, pero a mis compañeras no les pareció buena idea y probablemente tuvieron razón. De entre todos los pacientes, él que más me llamó la atención fue un niño que estaba casi desnudo y tenía las dos piernas enyesadas, separadas por un tubo de yeso. Él lloraba, y yo no sabía cómo hacer para ignorar que estaba sufriendo. Es cierto que su mamá estaba al lado suyo sin hacer nada, mirando de forma seca el televisor, pero ¿Qué es correcto en estos caso? Supongo que tardaré en averiguarlo. (7. Considerar las implicaciones éticas de sus acciones). 

Una enfermera no muy amigable nos informó que no deberíamos alimentar a miguel ángel porque él no nos conocía y podía sentirse incómodo y no querer comer por eso. A pesar de que le explicamos que ya lo habíamos hecho sin problemas el Jueves, ella insistió y le dio de comer. Entonces ¿Qué hacíamos? Nada.

Acudimos a la oficina de enfermeras de esa área, nos miraron titubeando un rato y luego una enferma se acercó de forma amable y nos pidió dibujar cuadros con lapicero rojo y regla en los cuadernillos que ellas tenían para apuntar los datos de los pacientes. Me sentí un poco frustrada, no por el hecho de hacer algo tan simple sino porque no se necesitaba nuestra ayuda ahí, pero irse sería demasiado descortés. Me sentía impaciente porque no había trabajo pero si muchas personas dispuestas a realizarlo, reduciendo el trabajo realizado finalmente. Sobretodo porque solo habían dos lapiceros y una regla, difícil decisión.














Dividiéndonos el trabajo


Al final realizamos los cuadros mal, porque algunos eran complicados y nosotras estábamos distraídas en una plática que parecía interesante. Tuvimos que arrancar algunas páginas de los cuadernos incluso, porque no tenían remedio. (4. Trabajar en colaboración con otras personas). Luego de hacerlo por un largo rato decidimos que era suficiente y fuimos a buscar otra área, por mi sugerencia, a pesar de no saber si estaba permitido. Acudimos al área de hospitalización del tercer piso, donde José mencionó que había abundante trabajo.





Realizando los cuadros








Pero al llegar la enfermera nos miró apenada y nos dijo que si queríamos podíamos visitar a los pacientes en recuperación. Asentimos y nos fuimos, a mis compañeras les pareció una mala idea, a pesar de que discrepo de su punto de vista este también me pareció lógico. Después de eso solo quedó esperar a que Yesenia, la señora que tenía la llave de las oficinas donde estaban nuestras cosas, llegara de almorzar.

 Aguardamos en el suelo, afuera del pasillo, escuchando música. Después de bastante tiempo llegó José, feliz porque tuvo una enriquecedora conversación la Señora Gardich, una antigua maestra de teatro que se considera a sí misma feliz a pesar de no tener las condiciones que la gente piensa que se debe tener para ser feliz. Su misión era entretener a los pacientes, tal como nos había sugerido la enfermera, pero él no lo había considerado una mala idea y había hecho algo muy productivo ese día.  Al poco rato llegó Yesenia.

Después de los eventos frustrantes del día pude comprobar que el panorama había cambiado en su totalidad. Mi papel, nuestro papel, no era tan relevante en la clínica como lo había sido en Llanavilla y ahora dependía de nosotros si realmente hacíamos algo productivo o no. Dejando de lado el debate de si es moral o no ayudar aún cuando no se necesita tu ayuda, no creo que la gente vaya a caminar por la calle con un letrero en la cabeza de "Estoy triste, ayúdame". Aún cuando puedan preferir guardarse sus problemas, es mejor intentarlo y recibir una negativa a no hacerlo y dejar a la otra persona sola. Además, lo más importante, el trabajo no fue creado para ser divertido, emocionante, o satisfacer tus expectativas. Eso es algo que con frecuencia olvido, pero trato de recordar. Debo de rotularme en la mente que las cosas buenas se hacen porque son buenas para la persona a quienes se ayuda, no porque te hagan sentir bien o útil.

martes, 27 de enero de 2015

Martes 13/10/15: Ingreso a San Juan de Dios

Este sería un nuevo proyecto, muy diferente con respecto a "acción". Ya no daría clases de inglés, no tendría el título de profesora y no ejercería un papel principal en algo que intentaba crecer desde el suelo. Ahora me introduciría discreta y con cuidado en el papel de extra, en una institución de enorme magnitud que se expande por todo el planeta. Sin embargo, las cuatro fases: planificación, acción, evaluación y análisis permanecerían intacta.
Tuvimos una charla introductoria al programa de voluntariado. Un señor, aparentemente entregado a una vida de devoción a Dios sin necesidad de hábito, nos informó amablemente sobre lo que consistía ser un voluntario de la clínica. Advirtió que el apoyo moral consistía un gran porcentaje del trabajo a realizar, aunque  no mencionó que sería casi todo el trabajo a realizar. También nos habló sobre la importancia de ser constantes en la asistencia, comencé a entenderlo y relacionarlo con lo aprendido en clase. No se trata de involucrarse superficialmente, nadie necesita un licuado de fe. Lo más riesgoso de esta operación es salir ilesos, en mi humilde opinión.
Además nos entregaron varios folletos con información sobre la clínica. Anteriormente, una foto de uno de ellos.

A continuación llego el esperado 13 de enero, para el cual nos recibieron con los brazos abiertos y vacíos. Hubo un error en la planificación del transporte y llegamos un poco tarde, motivo por el cual debimos esperar cierto tiempo para poder iniciar con los chalecos y el documento de identificación que se puede apreciar en la fotografía. Luego, el mismo señor amable de la otra vez nos indicó que debíamos ir al área de hospitalización. Ofrecimos nuestro trabajo a Dios antes de iniciar y le pedimos ayuda para hacer lo mejor por aquellos a quienes ayudaríamos.

Gabriela Zúñiga, Paola Concepción y yo debíamos a alimentar a un sujeto con los ojos volando fuera de su rostro, una sonrisa escalofriante y atrapado en lo que parecía ser una camisa de fuerza. (2. Emprender nuevos desafíos). Al menos esa fue mi impresión primera, después me di cuenta que era inofensivo. Los huesos desencajados eran retenidos por vendas, la razón iba más allá de una posible demencia senil.

No podía coordinar sus movimientos, su mandíbula desviada tampoco le permitía masticar. El almuerzo, algo de quinua que siempre me pareció asqueroso, debía de ser mezclado con la bebida y la sopa para conseguir ser digerible para él. Paola, muy valiente, comenzó a hacer la papilla y dársela con cuidado. Las instrucciones de la enfermera fueron muy claras "no manchen las sábanas", de modo que supuse que lo que nos tocaba era limpiar.

En ese momento me sentí muy frustrada, pues había prometido dar todo de mi y no pude. Puedo tolerar muchas cosas asquerosas, pero la comida y las bocas siempre fueron mi debilidad. Que ironía que en mi primer día venga eso, pensé. De verdad no intentaba ninguna pose estúpida, se me revolvía el estómago y estaba segura de que vomitaría en ese momento en varias ocasiones. Era inevitable, sentía arcadas en su máxima expresión a pesar de no haber comido nada desde el día anterior. ¿Qué podía hacer? Solo observar, porque al final Paola era quien mejor hacía el trabajo y lo importante era que el individuo recibiera bien sus alimentos.

Entre tanto, comencé a indagar sobre lo que le sucedía al tal Miguel Ángel. Había una ficha pegada en el pie de su cama, que indicaba que no tenía apellido y su fecha de hospitalización era de 1980. Pero, también decía que su edad era 34 años. Por si fuera poco, el recuadro del diagnóstico estaba vacío. El proceso de deducción es casi espontáneo, pero no me sentí conforme con eso así que me pareció una buena idea y prudente interrogar al señor de limpieza. (5. Mostrar perseverancia y compromiso personal en sus actividades).

 Efectivamente había vivido toda su vida en el hospital, postrado en esa cama, desde que lo abandonaron poco después de nacer. A pesar de un inicio tan lúgubre, fue adoptado por la clínica y una monja. No creo que le haya faltado amor, tenía una mesa llena de peluches y regalos. Además, había una foto de él de niño, en la misma cama, pegada en la pared al lado de una estampilla religiosa. Si alguna vez le faltó amor, eventualmente recibió mucho más de lo que puedo imaginar. Como dijo el señor de limpieza, él es el símbolo del hospital.

En fin, tocaba seguir alimentando a Miguel Angel. Lo hice un par de veces mordiéndome la lengua para no vomitar. La comida se escurría por su barbilla, mezclada con su saliva, y también brillaba encima de su lengua viscosa que disfrutaba mover. (2. Desarrollar nuevas habilidades). Simplemente pensé "Mi amor por la raza humana debe de ser más grande que mi asco". Me avergüenza contar que tuve que salir corriendo de la habitación, pues él hacía traqueteos que de verdad me hacían contraer. Espero que algún día pueda realizar esta humilde tarea con el estómago tranquilo. También admiré con tristeza a Paola, que parecía ser inmune a todos estos miedos y ascos, en cierta forma feliz porque las cosas resultaran bien para ellos dos pero frustrada por mi incapacidad. (4. Trabajar en colaboración con otras personas).

Después toco jugar con Miguel Ángel, esa tarea resultó muy tierna y sencilla. Simplemente armamos una coreografía con los peluches que teníamos al alcance de la mano y el se reía, como siempre. (3. Proponer y planificar actividades). Me pregunto que pasa por su mente, si la parálisis cerebral evita que sea consciente de los "privilegios" que no puede gozar.

Al final del día pude compartir una experiencia nueva que me resultó difícil con mis compañeras, e hice la promesa de mejorar los aspectos en los que fallé de forma abismal. Pero lo más importante, pudimos contribuir aunque sea de forma mínima en el bienestar de un niño de 35 años sin obtener nada a cambio. Comienzo a pensar que la necesidad de hacer que otros se sean felices, que se esparce como un cosquilleo y se impone como algo que siempre debió ser, es aquella que podría aliviar todo el mal en el mundo.