lunes, 29 de septiembre de 2014

Clase N° 12: No voy a decir adiós

Estaba segura de que no saldría de la clase con una temperatura saludable, pero me reconfortaba saber que muchos de mis compañeros tampoco. Valía la pena porque eran mis niños ¡Rayos! Era la última vez que les podría enseñar inglés. La última vez que me pararía en frente de la clase con un plumón a hablar como retrasada mental, la última vez que regresaría a casa de otro color, la última vez que me reuniría con mis amigos para hacer algo que más allá de todo sabíamos que habíamos aprendido a amar. La última vez que vería los ojos de los niños de Llanavilla encenderse y bailar en mi corazón. O al menos eso creía.

Esta clase no destacó por nuestro brillante desempeño como profesores de inglés. En efecto, el miedo por ver a la clase totalmente esparcida frente a mis narices y no poder hacer nada era tan grande. Fue nuestra culpa, lo sé, nuestra desorganización era digna de ser premiada. Es tan facil aburrir a los niños siendo yo o en este caso nosotros: Sergio, André y yo. En un principio los niños sí prestaron atención pero como no teníamos plan de clase terminaron por aburrirse e ir cada uno por su lado. Nuestros intentos por regresar sus mentes a tierra fueron inútiles.




Luego pasamos a una actividad en el patio que realmente no sé cómo resultó pues tres niñas: María Fernanda, Ludbella y otra cuyo nombre no recuerdo no dejaban de abrazarme agresivamente, hasta el punto de hacer imposible nuestra participación en la clase. Es tierno y a la vez frustrante. Pero intuí que la actividad que realizaban mis amigos tampoco había salido bien. Regresé al salón y me encerré molesta buscando un momento de paz.  Entonces encontré otra sorpresa.

Dos niñas: Rubí y Mariana, habían decidido simplemente quedarse y no participar en ninguna actividad. Se me salió el indio, por así decirlo, y las reprendí seriamente. Fue de manera educada, sin gritar, pero creo que lo bastante fuerte como para hacerles entender que estaba mal. Claro que actuaron como si no les hubiese importado y siguieron jugando. Entonces todo el alumnado volvió a entrar al salón y me llevé a Mariana para conversar en el patio. Ahí le pregunté si lo que había hecho le parecía bien y luego fluyeron un montón de palabra que inconscientemente había ido recolectando de todas las personas que en mi infancia me habían llamado la atención. La niña terminó por admitir que lo que había hecho estaba mal y entonces empezamos a hablar de Dios. La verdad es que para ese entonces me parecía muy absurdo que llamándonos "Ciudad de Dios" no hallamos tomado nunca un tiempo de la clase para hablar de Dios, fuera de las oraciones. Pero luego me di cuenta de lo fácil que era meterle una idea equivocada a la niña, ella no tenía que pagar por mis conflictos cognitivos. Fue muy lindo poder compartir ese momento con ella, porque sabía que todo lo que me decía era sincero e importante para ella. Me contó que ella había tenido sueños con Dios en los cuales el era muy bueno y la llevaba a un lugar muy hermoso, eso me impresionó. (Siente con la Iglesia y el mundo).

Pasamos un momento dibujando cruces en el piso con una varilla, le expliqué que Jesús había muerto por amor hacia ella y creo que la asusté. En fin, regresamos a la clase y tampoco salía bien. Felizmente llegaron otras dos compañeras: Nicole y Rocío. Creo que los tres sentimos que nuestra autoestima caía al sótano cuando ella logró controlar a todos los niños por sí sola de forma profesional. Supe que teníamos que complementarnos (Trabajar en comunidad) y fui a hablar con Rubí que no sé que tenía pero se veía muy mal. 

Pronto se realizó otra actividad afuera. Me quedé junto a Dayanne, una niña hermosa con rostro de conejito con la que era más cercana. Fue un momento divertido, un juego para fijar los números en inglés bastante simple. Luego regresamos al aula y traté de solucionar los problemas con Rubí y con otros niños un poco inquietos. Adivina qué, no lo logré y llegó el momento de irnos. Eso no era épico, no era la forma en que quería recordarlos, quería un final con fuegos artificiales y chispas de colores y confeti y escarcha. Pero me llevé algo muy bonito, no sé como empezó pero varios niños empezaron a darme el besito de despedida en la mejilla. Aarom, Joseph, María Fernanda, Kiara, Ludbella, Rasec y muchos mas. Fue un gesto tan lindo, no lo olvidaré. Justo cuando nos estábamos por ir Rubí empezó a llorar, pero nos fuimos. 

De regreso al colegio me puse a pensar en muchas cosas. Entre ellas, lo afortunada que había sido de poder vivir esta aventura con la gente que quiero. Esta travesía que empezó un 5 de abril y se convirtió en mi nebulizador y eventualmente en un recuerdo que siempre bailará en mi corazón. Hoy somos ciudadanos del mundo, almas confundidas, hambrientos y sedientos de justicia. Corazones con curitas, lenguas exaltadas, almas revoloteando sobre las calles grises de una Lima que vivió tanto. Con la imagen vívida de mis pequeños, flotando a través del ejército de los niños, con las lágrimas más hermosas que son las del punto intermedio entre la depresión y el éxtasis. Con tantos sentimientos encontrados y las ganas salvajes de agradecerle al universo de todas las formas que el universo me permita ¿Cómo puedo dudar de Él? Si canta para nosotros todo el tiempo, pero estábamos sordos y no podíamos oírlo. 

No voy a decir adiós, porque este no fue un proyecto de colegio un poco complicado, Las personas que conocí gracias a esta experiencia son mis amigos, diminutos y honestos hasta el punto de hacerme llorar. No estamos locos por llamar amigos nuestros a niños de cinco años que viven tan lejos en tantos sentidos, estamos vivos. Y los amigos son para siempre, no para pasar el rato. Entonces no voy a decirles adiós, no tendría cara para hacerlo. Tengo tanto que agradecerles a ellos y al universo y en especial a Santa Rosa de Llanavilla, que me enseñó a amar las simplezas de la vida y no buscar  solo las excentricidades. Gracias Padre, gracias, supongo que seguiré amando lo que no puedo entender. Y también debo agradecerles a mis compañeros de batalla, aquellos que hicieron la carga de la cruz menos pesada, aquellos con los cuales me fui derritiendo ante la inminente verdad. 

Erase una vez, hace no mucho tiempo atrás,  una aldea salvaje y sureña en el kilómetro 73 de la Panamericana Sur...

Buenas noches.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Clase N°09: Una dulce cachetada de amor

No estaba esperando eso. Había olvidado lo que se sentía esperar con ansias cada sábado para poder salir y experimentar lo más cercano a felicidad que podía conocer. Pero aun así estaba ansiosa por llegar.

Recuerdo cuando nos dijeron que desde la próxima mitad del año solo tendríamos dos visitas a Llanavilla por bimestre. Todos pegamos el grito al cielo. Era injusto, algo infame, una aberración, un sacrilegio. Con qué derecho nos pedían trascender si el tiempo lo absorbería más horas frente al computador estudiando lo que sea en vez de experimentar en tiempo real en el kilómetro 73 de la Panamericana Sur. No tenía sentido, tenían que estar delirando. Y encima nos imponían compartir el proyecto con otro salón. Hubieron diversas reacciones; desde quienes se oponían totalmente hasta a quienes sugerían abrirle los brazos a 4to "D" en este nueva aventura, luego de que su proyecto en la Casita de la paz les fuera suspendido. En lo personal, no es que estuviera en contra de esta decisión, pero tampoco me encantaba. Sabía cuál debía ser mi forma de pensar; y sin embargo no podía quitar de en medio ciertos roces y resentimientos con algunas personas del otro salón. También recordé que la última vez que vinieron los del grupo de apoyo terminó siendo la peor clase del año. Más carbón al fuego. Puede que no sea una persona que exprese sus sentimientos, pero eso no significa que esté vacía todo el día  flotando en Nirvana. Hay ciertas sensaciones que no puedo solo ignorar.

En fin, llegó el esperado día. Teníamos tantas ganas de ver a los pequeños. No obstante, seguimos sin coordinar bien el plan de clase. Esta vez fue incluso peor pues solo las coordinadoras de inicial se reunieron para idear el silabo. No había una unión verdadera entre ambas comunidades, ni siquiera nos acercábamos a ser una sola. Pero en fin, en el bus se aclaró cuáles serían las actividades con los niños y entramos en un estado de mayor unidad. Aunque después de eso, cada uno por su lado. Sé que aunque tengo tanta culpa de eso, aún me falta motivación para buscar un encuentro en comunidad.

Llegamos al salón y ¡Oh, sorpresa! No había nadie. Quizás habíamos llegado demasiado temprano. O quizás ellos no vendrían. Sin embargo, sí vinieron. Pocos, pero vinieron. Entre ellos estaban Kelvin, Yumi, Sully y Michael, quienes se sentaron en la mesa que Liani se dirigió. No me sorprendió que supiera como tratar con los niños como si fuera una profesora de verdad, me lo esperaba, pero igual fue asombroso. Tiene ese mismo don que Nicole para convencer a todo el mundo de que las escuchen. 

De igual forma, eran muy pocos para empezar la clase, así que salí en busca de más niñitos. Cuando Claudia y yo estábamos llegando a la puerta , desilusionadas, una niña de aproximadamente ocho o nueve años se me aceró y me preguntó si yo era la profesora de inicial. Le dije que sí y ella llamó a su pequeño amigo. Él me contó que su hermanito estaba en incial pero era su primer día y tenía mucho miedo, no quería ir. Entonces fue... vi su cara y le dije ¿Tu hermanito es Alonso, verdad? El asintió. Me metí al aula que estaba al costado y detrás de la puerta encontré a un pequeño y hermoso niño llorando, agachado y entumecido. 

No recuerdo qué le dije, ni qué hice pero el punto es que salió (creo que lo asusté más). Fue de la mano con su hermano mayor hasta las aulas de inicial. Claudia y yo los seguimos. Lo reconocí casi de inmediato, el parecido es innegable. Ese pequeño niño a quien conocí por primera vez cuando el alumnado de Llanavilla vino al colegio para tener unas clases diferentes, hace tanto tiempo, casi dos meses. 


Habían cambiado muchas cosas para mí desde esa fecha, pero al parecer para él no. Se despidió de su hermano con un abrazo y un beso y luego se recostó sobre sus brazos con expresión de dolor en el rostro. Como me suele pasar, me obsesiono con un niño y no lo dejo en paz. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que "Quería dormir". Cuando lo pronunció, no quise imaginar el monstruo detrás de la cortina. No quería adivinar que oscuros secretos se encontraban dentro de ese precioso niño. En parte, porque quizás solo fueran los monstruos de mi imaginación. Pero ¿Y si no lo fueran? ¿Por qué en la Tierra alguien obligaría a su hijo a no dormir? No quiero saberlo. 

Al final no vinieron muchos niños así que sí fue fácil mantenerlos controlados y organizar mejor las dinámicas. Fue genial la rapidez con la que Liani, André (Teddy) y Claudia se adaptaron. Sobretodo los dos primeros, ya que al principio de la clase Claudia fue coordinadora y ellos se presentaron como los nuevos profesores introduciendo el tema de las frutas y los colores de forma creativa. Compartí la mesa con Teddy y la pequeña giganta Sashenka y el dulce y diminuto Juan Diego. Él se supo ganar el cariño de los niños con su tipo adorable y honestidad para llegar hacia ellos. 


Así llegaron las dinámicas, que salieron geniales principalmente gracias a Liani y a Nicole. Ellas juntas simplemente son como dos profesoras entrenadas de inicial. Creo que los niños los disfrutaron y reafirmaron los conocimientos del bimestre pasado. 


Sin embargo, lo que  para muchos fue una grata diversión, para otros fue otra oportunidad para sentir angustia, ansiedad y temor. Últimamente me he obsesionado con cómo algo puede ser hermoso para alguien y a la vez horrendo para otras personas. Este es uno de esos casos. 

Supe que Alonso no se estaba sintiendo cómodo cuando colocaron una imagen en el suelo y todos los niños instintivamente corrieron formando un círculo del cual Sashenka sin querer lo apartó, bloqueó y eventualmente no dejó pasar. Él estaba triste, mirando desde afuera hacia adentro; y por alguna mágica coincidencia yo conozco esa sensación. Algunos pensarán que es una tontería, pero para ciertas personas eso no cambia de la noche a la mañana con la pubertad. A veces es una especie de enfermedad degenerativa de la que curiosamente no puedes salir. No es sencillo ni agradable ni soportable; es una opresión constante e invisible que no tiene explicación racional. Él me miraba con los ojos más redondos, me decía  tímidamente "No puedo ver nada".

Otra actividad: salir corriendo y tocar un color. Alonso apenas se movía. Otra actividad: Liani explicando la clase de los colores con un panel muy colorido. Todos los niños la observan atentamente y mi pequeño Alonso se queda atrás, así que me siento a un costado y lo subo sobre mis piernas. Kelvin también se sube y agradezco a Dios que me haya dado vida suficiente para poder experimentar algo así. A diferencia de Alonso, Kelvin es hiperactivo. Anteriormente le había quitado un palito con el que jugaba porque no prestaba atención y me empezó a jalar mi ropa para que se lo devolviera. Cuando lo hice empezó a dar vueltitas y hacer movimientos extraordinariamente adorables. Terminó la actividad y regresamos al salón.

De hecho, habían más dinámicas planeadas incluyendo un refrigerio. Pero no se pudieron llevar a cabo pues el taller de Hidroponía de los alumnos de quinto año ya tenía que empezar. Retiramos los materiales y nos alistamos para ir al feedback. Entonces me acerqué a Alonso y le dije ¿Me das un abrazo? Él estaba sentado con esa adorable casaca azul; extendió sus bracitos y con ellos rodeó mi cuello. Quería morir de ternura, lo apreté más. Eso fue suficiente para hacerme feliz. 

Salimos rumbo al patio trasero, donde iba a ser el feedback. Ese era el primer feedback para nosotros los chicos de inicial; y era la primera vez que dos salones compartirían uno. Me sorprendió que no quedara nada de la aversión colectiva hacia compartir el proyecto que hubo cuando nos lo anunciaron. Si hubieron llamadas de atención, correcciones, halagos o sugerencias todas fueron hechas con amor. Entonces supe que a pesar de todas las diferencias que en teoría "nos separaban" estábamos todos ahí reunidos con nuestros corazones inquietos a la expectativa de hacer el mundo mejor. Una sola alma y un solo corazón en Dios. Juntos, con nuestro padre, buscando el verdadero sentido de nuestras vidas. Compartiendo talentos con el prójimo de la manera más honesta y maravillosa.


¿Por qué hacer un mundo mejor? ¿Qué tiene de malo el mundo en el que vivimos? Por fin, después de salir de esa tierra majestuosa lo logré ver. Estuve en el lugar donde los perros y los niños comparten el mismo plato, donde uno bebe del agua donde se lava las manos, donde poquísimos poderosos buscarían belleza. Porque entre la arena deprimente sin rastro de vegetación y los muros que marcaban el límite con una playa salvaje y salitrosa, habían decenas de llantas pintadas de hermosos colores. Padre, había belleza en la inocencia y la honestidad con la que esos niños entregaron su tiempo para recibir una clase de inglés sin saber que estaban cambiando nuestras vidas para siempre. Había tanta hermosura que se humedecen mis ojos. En el olor a talco y sudor mezclado de sus cabecitas, en los jabones líquidos de colores y perfumados,  en cada botón y cierre de esas diminutas casacas, en el olor de un mar que no conoce imposibles y cada una de sus sonrisas con caries. Hay belleza donde hay amor. ¿Por qué cambiar el mundo en el que vivimos? Porque desafortunadamente muchas personas han olvidado al amor. Han olvidado que este perfectamente puede estar en una ciudad naciente a 73 km de la Panamericana Sur. Donde los niños comen con los perros y se bebe el agua que primero lavó tus manos.

Hay un conflicto mental entre vivir la vida como un juego, porque aparentemente nadie encuentra a dónde pertenece. Pero también existe la posibilidad de que haya una razón para cada sufrimiento, cada verdad y cada alma a punto de romperse. El problema es que si sigues la primera y te apartas un poco del punto de partida corres el riesgo de acabar en el desahuciado libre albedrío y eventualmente en la mentalidad de Camus del suicidio colectivo. Quizás no sé mucho de historia universal ni conozco miles de contrargumentos contundentes para defender a nuestro de Dios de los que aún no creen. Pero son la fé, la imposibilidad de concebir el mundo sin él, la firme convicción de que cada niño de Llanavilla está destinado a algo grandioso los que me harían dar la vida por Él.

Gracias Padre Nuestro, por esta oportunidad.
Buenas noches.