Después de no poder asistir a la reunión del sábado por motivos que no dependían de mi, le pregunté a la coordinadora Mireya si por favor podría ubicarme en algún área explicándole la situación. En unas horas, de forma amable, me informó que por el mes de enero pertenecería a Rehabilitación. Tenía entendido que estaría lejos de mis anteriores compañeras, lo cual me puso un poco nerviosa, pero acepté el reto.
Aunque sabía que dar apoyo moral era básicamente todo lo que podía hacer, no sabía lo que era dar apoyo moral. El señor José me condujo hasta rehabilitación y le preguntó a una señorita que trabajaba en una oficina si había trabajo disponible para la voluntaria (yo). Ella miró algo y anunció que la mayoría de terapistas ya tenían ayudantes, pero que podría ir con el licenciado Jorge. Luego ella me condujo hacia una sala un poco más alejada del ambiente y me presentó a un señor sentado frente a una camilla con un precioso bebé rubio acompañado de quien parecía ser una madre muy joven.
No soy una persona amigable, ni tampoco alguien que sabe como hablar con personas extrañas en una clínica. Me sentí muy torpe y nerviosa ante el amigable joven/señor que tenía en frente, que comenzó a sacarme información y de repente hizo desaparecer la tensión con su interesante plática. El licenciado Jorge debe ser alguien que no solo disfruta mucho conversar, sino que es tan hábil realizando terapias que no necesita estar únicamente concentrado en ellas para efectuarlas bien.
Así fue como me comentó de Freud, el misterioso padre del psicoanálisis que logró penetrar dentro de sí mismo y frenar un inevitable enamoramiento. Pero no solo eso, el licenciado tenía un amplio conocimiento respecto a psicología. Me habló de unas clases de hipnosis en España, del inconsciente, subconsciente y consciente. Me comentó que hay personas que bloquean recuerdos, por ejemplo algunas niñas violadas. Entonces le dije emocionada que mi monografía trataba sobre eso, y ofreció prestarme un libro de mnemotecnia. (8. Desarrollar nuevas habilidades).
También hablamos sobre su concepción de la eutanasia. Me contó una historia interesante, parece ser alguien a quien le emociona contar historias. En sus primeros años conoció a un muchacho que había regresado del extranjero y por ayudar a sus antiguos amigos había accedido a trabajar de cobrador de micro por un día. Entonces, cuando atravesaba una avenida muy concurrida, se apoyó en la puerta del micro para recuperar el balance y esta salió disparada con él encima. Se golpeó exactamente en una vertebra que al romperse lo dejó inmóvil por debajo del cuello. Aunque sus padres sufrieron mucho, no querían dejarlo morir. De ser un muchacho musculoso pasó a ser piel y huesos en muy poco tiempo. Él podía hablar, razonar, estaba consciente de todo; y deseaba morir aunque se lo impedían. Hasta que una noche decidió empujar su cabeza al punto de caer de la cama en la que se hallaba postrado con todo su cuerpo, rompiéndose el cuello y descansando por fin en paz. Entonces ¿Qué es la eutanasia? (7. Considerar las implicaciones éticas de sus acciones).
Cuando terminó de contarme esa historia estaba a punto de llorar, pero me sentía avergonzada porque habían tantas personas ahí lidiando con el dolor inmenso que la naturaleza podía proveerles y yo era una adolescente estúpida llorando por una crisis existencial.
En realidad, mi presencia no era muy útil. Trataba de sonreír a los niños de vez en cuando y alcanzarle algunos materiales al doctor, como lapiceros u hojas, también una pelota de pilates para unos ejercicios. Luego terminó el turno del doctor y se despidió de forma cortés. Me sentía un poco torpe porque no sabía cómo hablarle a los pacientes, ya sea en plan de "Oye, te comprendo en el dolor" o "Concuerdo contigo, la vida es cruel", o "Vamos a aparentar que no sucede nada", o " Sabes, soy una tonta voluntaria que cree que hace algo útil aquí e intento ayudarte así que déjate ayudar". No sabía de qué forma debía pensar en este caso, así que no pensaba en nada.
Salí sin rumbo y me encontré a Paola, ubicada en el ambiente grande de rehabilitación, ayudando a la doctora Katty. Me dijo que la habían mandado ahí después de haberse quedado sin nada que hacer, supuse que ningún otro técnico necesitaba ayuda así que "me colé". La labor fue muy sencilla, ubicar en una lista grande los nombres que se hallaban en un montón de recibos; y si no se hallaban ahí había que escribirlos.
Cuando terminó de contarme esa historia estaba a punto de llorar, pero me sentía avergonzada porque habían tantas personas ahí lidiando con el dolor inmenso que la naturaleza podía proveerles y yo era una adolescente estúpida llorando por una crisis existencial.
En realidad, mi presencia no era muy útil. Trataba de sonreír a los niños de vez en cuando y alcanzarle algunos materiales al doctor, como lapiceros u hojas, también una pelota de pilates para unos ejercicios. Luego terminó el turno del doctor y se despidió de forma cortés. Me sentía un poco torpe porque no sabía cómo hablarle a los pacientes, ya sea en plan de "Oye, te comprendo en el dolor" o "Concuerdo contigo, la vida es cruel", o "Vamos a aparentar que no sucede nada", o " Sabes, soy una tonta voluntaria que cree que hace algo útil aquí e intento ayudarte así que déjate ayudar". No sabía de qué forma debía pensar en este caso, así que no pensaba en nada.
Salí sin rumbo y me encontré a Paola, ubicada en el ambiente grande de rehabilitación, ayudando a la doctora Katty. Me dijo que la habían mandado ahí después de haberse quedado sin nada que hacer, supuse que ningún otro técnico necesitaba ayuda así que "me colé". La labor fue muy sencilla, ubicar en una lista grande los nombres que se hallaban en un montón de recibos; y si no se hallaban ahí había que escribirlos.
Aunque parece un trabajo muy sencillo, a falta de trabajo hay más problemas porque ambas queríamos sentirnos útiles. Paola alegaba que mi letra es indescifrable, y yo le decía que tenía derecho a a hacer algo. Al final nos repartimos la tarea salomónicamente.
Después de eso, intentamos tranquilizar a un niño para que la doctora pudiera hacerle la terapia. Él era muy inquieto y le gustaba escupir, lo cuál lo hacía aún más adorable. Ella nos contó que se trataba de un niño hipotónico; en síntesis, sus músculos siempre serían débiles, pero la terapia lo ayudaría a llevar una vida más o menos normal. Él se rió y me escupió de nuevo, me sacó una sonrisa de verguenza. Él no viviría para llorar, como probablemente lo hubiera hecho yo.
Después de eso nos volvimos a quedar sin trabajo, porque la doctora se retiró. La señorita de la oficina nos mandó a hidroterapia, donde los doctores se sumergían en las piscinas para tratar a sus pacientes en el agua. Parecía un trabajo muy divertido, pero nadie parecía necesitar ayuda. Entonces nos fuimos, y otra vez esperamos a que Yesenia regresara de almorzar para que abriera la puerta y nos deje firmar la hora de salida. Fue una espera triste y frustrante para mi,además del frío que se sentía en la sala de espera.
Al final del día sí pude rescatar aprendizajes de esta experiencia. En primer lugar, vencí mi miedo a hablarle a adultos extraños, bueno... en parte. En segundo lugar, aprendí sobre Freud, psicología básica y el dilema moral de la eutanasia, los cuales me hicieron reflexionar sobre el paisaje variopinto que antes me parecía aterrador y ahora me resulta atrayente. En tercer lugar, conocí los problemas sobre la falta de trabajo y cómo se resuelve con trabajo en equipo. En cuarto, re descubrí que cuando quieres ayudar no siempre debes esperar a que alguien te pida ayuda, sino tenderle la mano sin miedo a que te rechaze. (1. Adquirir una mayor conciencia de sus propias cualidades y áreas de conocimiento).




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