martes, 27 de enero de 2015

Martes 13/10/15: Ingreso a San Juan de Dios

Este sería un nuevo proyecto, muy diferente con respecto a "acción". Ya no daría clases de inglés, no tendría el título de profesora y no ejercería un papel principal en algo que intentaba crecer desde el suelo. Ahora me introduciría discreta y con cuidado en el papel de extra, en una institución de enorme magnitud que se expande por todo el planeta. Sin embargo, las cuatro fases: planificación, acción, evaluación y análisis permanecerían intacta.
Tuvimos una charla introductoria al programa de voluntariado. Un señor, aparentemente entregado a una vida de devoción a Dios sin necesidad de hábito, nos informó amablemente sobre lo que consistía ser un voluntario de la clínica. Advirtió que el apoyo moral consistía un gran porcentaje del trabajo a realizar, aunque  no mencionó que sería casi todo el trabajo a realizar. También nos habló sobre la importancia de ser constantes en la asistencia, comencé a entenderlo y relacionarlo con lo aprendido en clase. No se trata de involucrarse superficialmente, nadie necesita un licuado de fe. Lo más riesgoso de esta operación es salir ilesos, en mi humilde opinión.
Además nos entregaron varios folletos con información sobre la clínica. Anteriormente, una foto de uno de ellos.

A continuación llego el esperado 13 de enero, para el cual nos recibieron con los brazos abiertos y vacíos. Hubo un error en la planificación del transporte y llegamos un poco tarde, motivo por el cual debimos esperar cierto tiempo para poder iniciar con los chalecos y el documento de identificación que se puede apreciar en la fotografía. Luego, el mismo señor amable de la otra vez nos indicó que debíamos ir al área de hospitalización. Ofrecimos nuestro trabajo a Dios antes de iniciar y le pedimos ayuda para hacer lo mejor por aquellos a quienes ayudaríamos.

Gabriela Zúñiga, Paola Concepción y yo debíamos a alimentar a un sujeto con los ojos volando fuera de su rostro, una sonrisa escalofriante y atrapado en lo que parecía ser una camisa de fuerza. (2. Emprender nuevos desafíos). Al menos esa fue mi impresión primera, después me di cuenta que era inofensivo. Los huesos desencajados eran retenidos por vendas, la razón iba más allá de una posible demencia senil.

No podía coordinar sus movimientos, su mandíbula desviada tampoco le permitía masticar. El almuerzo, algo de quinua que siempre me pareció asqueroso, debía de ser mezclado con la bebida y la sopa para conseguir ser digerible para él. Paola, muy valiente, comenzó a hacer la papilla y dársela con cuidado. Las instrucciones de la enfermera fueron muy claras "no manchen las sábanas", de modo que supuse que lo que nos tocaba era limpiar.

En ese momento me sentí muy frustrada, pues había prometido dar todo de mi y no pude. Puedo tolerar muchas cosas asquerosas, pero la comida y las bocas siempre fueron mi debilidad. Que ironía que en mi primer día venga eso, pensé. De verdad no intentaba ninguna pose estúpida, se me revolvía el estómago y estaba segura de que vomitaría en ese momento en varias ocasiones. Era inevitable, sentía arcadas en su máxima expresión a pesar de no haber comido nada desde el día anterior. ¿Qué podía hacer? Solo observar, porque al final Paola era quien mejor hacía el trabajo y lo importante era que el individuo recibiera bien sus alimentos.

Entre tanto, comencé a indagar sobre lo que le sucedía al tal Miguel Ángel. Había una ficha pegada en el pie de su cama, que indicaba que no tenía apellido y su fecha de hospitalización era de 1980. Pero, también decía que su edad era 34 años. Por si fuera poco, el recuadro del diagnóstico estaba vacío. El proceso de deducción es casi espontáneo, pero no me sentí conforme con eso así que me pareció una buena idea y prudente interrogar al señor de limpieza. (5. Mostrar perseverancia y compromiso personal en sus actividades).

 Efectivamente había vivido toda su vida en el hospital, postrado en esa cama, desde que lo abandonaron poco después de nacer. A pesar de un inicio tan lúgubre, fue adoptado por la clínica y una monja. No creo que le haya faltado amor, tenía una mesa llena de peluches y regalos. Además, había una foto de él de niño, en la misma cama, pegada en la pared al lado de una estampilla religiosa. Si alguna vez le faltó amor, eventualmente recibió mucho más de lo que puedo imaginar. Como dijo el señor de limpieza, él es el símbolo del hospital.

En fin, tocaba seguir alimentando a Miguel Angel. Lo hice un par de veces mordiéndome la lengua para no vomitar. La comida se escurría por su barbilla, mezclada con su saliva, y también brillaba encima de su lengua viscosa que disfrutaba mover. (2. Desarrollar nuevas habilidades). Simplemente pensé "Mi amor por la raza humana debe de ser más grande que mi asco". Me avergüenza contar que tuve que salir corriendo de la habitación, pues él hacía traqueteos que de verdad me hacían contraer. Espero que algún día pueda realizar esta humilde tarea con el estómago tranquilo. También admiré con tristeza a Paola, que parecía ser inmune a todos estos miedos y ascos, en cierta forma feliz porque las cosas resultaran bien para ellos dos pero frustrada por mi incapacidad. (4. Trabajar en colaboración con otras personas).

Después toco jugar con Miguel Ángel, esa tarea resultó muy tierna y sencilla. Simplemente armamos una coreografía con los peluches que teníamos al alcance de la mano y el se reía, como siempre. (3. Proponer y planificar actividades). Me pregunto que pasa por su mente, si la parálisis cerebral evita que sea consciente de los "privilegios" que no puede gozar.

Al final del día pude compartir una experiencia nueva que me resultó difícil con mis compañeras, e hice la promesa de mejorar los aspectos en los que fallé de forma abismal. Pero lo más importante, pudimos contribuir aunque sea de forma mínima en el bienestar de un niño de 35 años sin obtener nada a cambio. Comienzo a pensar que la necesidad de hacer que otros se sean felices, que se esparce como un cosquilleo y se impone como algo que siempre debió ser, es aquella que podría aliviar todo el mal en el mundo.

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