lunes, 2 de junio de 2014

Sábado 24/05/14 :Clase N°05


Los niños de Llanavilla van a aprender los colores en inglés para algún punto de su vida, sin que nosotros interfiramos. También podrán jugar y divertirse todas las veces que quieran, sin tener nosotros que estar involucrados. Y de seguro muchas otras personas les dirán lo tiernos que hacen y cuánto los quieren; y probablemente les harán más caso que a nosotros.

Me avergüenza admitirlo, pero no sé hasta qué punto puedo afirmar que voy allá por ellos y no por mí. Por supuesto que me interesa su bienestar y felicidad, pero eso no calma mi conciencia. El profesor Antonio Cangalaya hizo un paréntesis en su clase para contarnos una anécdota que le sucedió cuando fue a hacer actividad social hace ya varios años. Estaba próxima la Navidad y junto a su escuela habían armado una especie de chocolatada (o eso entendí) en un colegio estatal mucho más afectado que Llanavilla. Dijo que vivió una experiencia que lo marcó. Hubo un niño de once a doce años que se negó a participar en las actividades y los rechazó bruscamente, cuando le preguntar por qué lo hacía este respondió “Yo no voy a jugar con ustedes porque vienen aquí porque nos tienen pena. Ustedes vienen aquí para ustedes sentirse bien. Puede que nos hagan entretener esta tarde y después se vayan sintiendo satisfechos; creyéndose mejores personas. Pero eso no va a cambiar la forma en que nosotros vivimos”. En serio espero que ese no sea el caso.

Nunca miré a los niños de Llanavilla como mártires del mal funcionamiento del país. Simplemente los veía como niños, niños que pudieron estar en cualquier otro lado pero están ahí y tal vez no reciben la mejor educación; creía que por eso estábamos ahí. Sin embargo, debo admitir que una parte de mí se alegraba mucho de dar órdenes. Un monstruo oculto en mi interior saltaba cada vez que me tocaba dar clases y me hacía sentir muy, muy bien. Me gusta hablar y me gusta que me escuchen. Me gusta decidir algo y que se lleve a cabo; pero eso no es algo que permita que suceda todos los días. ¿Me estaba engañando a mí misma? ¿Qué tan cierto es lo que le dijo aquel sabio niño a Cangalaya? Como digo, es un monstruo que debo mantener encerrado en el clóset.

Por otro lado, me gustan los niños. No me gustan todos los niños, me gustan esos niños. No es pedofilia… solía venir un niño llamado Jesús con el que me gustaba mucho tratar, me parecía la combinación perfecta entre la ternura y el mal camino que debe ser corregido. Lástima que ya no viene. A lo que me refiero es que al darnos la oportunidad de conocer a cada niño y a su historia; a dejarnos conquistar por cada detalle de sus cortas y frágiles existencias realmente podemos llegar a quererlos. Claro que es una sensación hermosa ¿Será verdadero amor? Creo que no, es muy pronto. Mientras tanto, cada vez vamos descubriendo cuánto interés pueden generar las frases sin-sentido que sueltan o las miradas al limbo o repentinas rabietas… ¡Es todo un caso! Pero nos hace felices, NOS hace felices ¿Y a ellos?

Probablemente son muy niños como para distinguir los momentos que realmente los hacen felices, están experimentando constantemente. Tan solo ampliando el panorama se pueden ver muchas cosas interesantes. Sabemos que ese lugar humilde sobre la arena de una playa salvaje es donde estudian… es a donde vamos dos horas los sábados; y es todo lo que tienen. Nunca me había puesto a pensar en las condiciones de vida que tienen que enfrentar. Seguro hay mucho amor y risas descontroladas en sus vidas; pero también están las necesidades de cada ser humano de ser libre y de sentirse alguien importante… las miles de complicaciones que vendrán más adelante. Todas las malas enseñanzas que heredaran del contexto en el que bien y de sus padres; personas a quienes no juzgo, pues mi primitivo cerebro asimiló este año lo difícil que es educar a un niño (y más en esas condiciones).  Estos niños van a sufrir mucho más de lo que quiero imaginar y no podemos cambiar eso. Una clase de inglés a los tres años no va a afectar en nada el terremoto que se les viene encima. No podemos apartarlo, no podemos detenerlo, no podemos hacer que lo esquiven. ¿Cuál es el punto? Si realmente estamos ahí por ellos ¿De qué les sirve una maldita clase de inglés sobre frutas y colores? No le encuentro un maldito sentido, teniendo en cuenta que de todas formas lo van a aprender tarde o temprano. Lo siento. Esperamos trascender ¿No es así? Obviamente tenemos que darles lecciones de vida, eso ya lo sabíamos. Pero si las lecciones de vida son tan difíciles de aprender que para unos jóvenes de quince años tienen que ser repetidas todos los sábados de 9:00 a 11:30 ¿Cómo vamos a entregárselas a unos hermosos bebés de cinco años y hacer que las recuerden para siempre? ¿Cuáles son esas lecciones? …

Por otro lado, ¿Esperamos esperar a que alguien adivine nuestras dudas y le dé solución a este problema? Por el momento, he asumido que lo mejor es preguntarles a personas mayores y leer la Biblia. Dios mío, perdón por olvidar todos los Apostolados de catequesis. Voy a leer la Biblia en las noches  todas las veces que sea necesario para buscar esas enseñanzas, aunque mi cuerpo me pida a gritos dormir. Si es por ellos, vale la pena. Creo que por momentos está bien dejar todo interés personal de lado excepto ayudar al prójimo, sobre todo cuando se pierde el verdadero enfoque de las cosas. Si es necesario debo obligarme a mí misma a hacerlo, con o sin magia.  (1. Conocerse, aceptarse y superarse; 4. Se compromete y se esfuerza).

Empezaré el relato de este tarde. Llegamos a Llanavilla después de haber estado toda la mañana en Confirmación y en Olimpiadas, razonablemente algo cansados pero no por eso menos emocionados. La más entusiasta era Nicole, quien no veía a los niños en casi un mes. A esta sesión acudimos Sergio, Nicole y yo; y teníamos la clase planeada desde hace una semana. Debido a las dos grandes fallas anteriores, queríamos asegurarnos de que todo saliera bien; a pesar de que sabíamos que las verdaderas complicaciones saltaban en la cancha.

Teníamos la ventaja del tiempo, los niños todavía no estaban ahí así que pudimos organizar el salón primero. Dividimos las mesas por edades y a mí me tocó la de 4 años, a la que solo pertenecían tres niñas que hasta ahora eran desconocidas para mí. Mis otros compañeros se adaptaron muy bien a sus mesas (al menos eso me pareció), pero yo iba con una herida abierta que había causado insensibilidad y sentía que la relación entre nosotras estaba muy fría. Me alegró que la metodología que llevamos  (Nicole en la pizarra y uno por mesa) resultara para la mayoría de los niños. Pero a la vez estaba frustrada porque no conectaba con mis niñas.

Estuve asustada por un tiempo, pero poco a poco se fue rompiendo el hielo. Trabajamos con canciones, flashcards y concursos entre mesas ¡La clase estaba saliendo bien! Trabajo simultáneo y predisposición de los niños; la clase la hacemos todos. (6. Trabaja en comunidad).
 
Pude interactuar con mis niñas, aunque no me acuerdo mucho lo que me dijeron (realmente lo siento). Una se llama Rubí, le gustaban las uvas. Otra era Mariana, que tenía una risa muy contagiosa y al principio se iba caminando en plena clase, pero luego obedeció. Por último, Abigail, quien era más tímida. Realmente me frustra no recordar lo que me contaron, pero sé que en el momento fueron varias cosas. Sí recuerdo que a las tres les gustaban las uvas y los plátanos. No sé si fallé, porque no me contaron ninguna historia personal; lo intenté pero vi que eran niñas y no podía sacarles información, entonces me conformé con lo que pasó. No sé si estuvo bien o no.
Luego todo el salón salió e hicimos dinámicas que resultaron mejor de lo que esperaba. Ahí pude hablar con otros niños, Arom y Luis Alexander. Pienso que es más fácil hablarles a ellos, demuestran un poco más de madurez. Aunque también me asuste que los otros niños piensen que tenemos favoritismo o que incluso tengamos ese favoritismo, ellos se dan cuenta de esas cosas. Cuando tenía esa edad recuerdo muy bien que tenía una Miss que siempre elogiaba a una compañera y le decía "Yo sabía que tú podías hacerlo porque tú eres lo máximo" y siempre pensaba "¿Es así? ¿Ella es mejor que nosotros? ¿Ella merece más admiración? No lo creo". No quiero que esas cosas, por más insignificantes y pequeñas que parezcan, suceden en las clases. Por el simple hecho de ser un ser humano podemos darnos cuenta de que los pequeños detalles pueden terminar convirtiéndose en el detonante de una terrible explosión con el tiempo. Esa pequeña variación en una brújula que puede llevarte a un lugar totalmente distinto.

Pude conocer en estas filas a otro niño llamado Joseph, que peleaba constantemente con otra niña llamada Sully. Pero no era una clase de pelea que termina en berrinche, ambos lloran y nosotros lloramos por no saber controlarlos. Era más como cuando dos niños de sexos opuestos se pelean y bueno... tengo una gran imaginación. No pude evitar reírme por lo hilarante de la situación. Niños.
A pesar de que sea más fácil contactar con niños como Joseph, Aarom y Luis Alexander; la clase es de todos y todos tenemos que avanzar en grupo. Lo que sí sirve es explicarle las dinámicas a ellos primero y luego se van ayudando entre niños, porque entre niños se entienden y se dan el ejemplo ¡No sé realmente cómo funciona, pero funciona!

Esta pequeña llamada Angélica tuvo muchos conflictos esta tarde de sábado. No quería trabajar y se distraía mucho. Lo curioso era que aprendía rápido, aunque mostraba un carácter difícil de dominar. Al final se sentó en mi mesa e hizo difícil la convivencia con las niñas. Acabo de recordar que después se nos unió el hijo de una profesora, que se hizo rápidamente amigo de las niñas. Pero Angélica le dijo "fea cochina" a una de las niñas y todas vinieron a acusarla con la profesora: o sea, yo. Qué divertido, la última vez que le había llamado la atención a Angélica por algo ella había terminado llorando, qué divertido. Amablemente traté de decirle que no podía hacer sentir mal a las otras niñas; bueno, amablemente pero con seriedad para que entendiera. Cruzó sus brazos y metió su cabeza debajo ¡Iba a llorar! Me eché a su costado y traté de hacerle entender que debía pedirle disculpas, que todos ahí querían ser sus amigos y divertirse con ella pero ella se los impedía. Ella se negaba y me dijo que su mamá le decía que no debía hablarle a nadie. Todas las niñas me miraban atentas y por un segundo deseé buscar a alguien a quién mirar atentamente, pero no era la ocasión. Le dije que eso era mentira, le repetí que todos queríamos ser sus amigos y que nunca se hace sentir mal a un amigo. Que podía hacer las cosas mucho más felices pero ella misma lo impedía. Le dije un montón de cosas, le repetí... y le pidió perdón. Luego estaba más dócil aunque igual tenía un comportamiento raro y misántropo, que obviamente aprendió en casa. Ya mencioné que no voy a juzgar a los padres, pero eso no significa que no podamos hacer nada al respecto.

La clase terminó y fue una buena clase. Buena en el sentido de que todos aprendimos algo, tanto los niños como nosotros. Buena en el sentido de que lo que planificamos se cumplió y avanzamos los contenidos. Buena en el sentido de que hicimos contacto con ellos y no estuvo mimetizado con el resentimiento y la frustración del anterior sábado.
Estoy orgullosa de mi Coordinación, aunque no se los he dicho directamente. Siento que realmente trabajamos en grupo, aunque con nuestras limitaciones. Tal vez no hemos avanzado de forma perfecta; pero hay un interés compartido por mejorar, que hace esta experiencia aún más hermosa.
Gracias de nuevo, Dios mío, por darnos este regalo.

 

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