Recuerdo avanzar ridículamente rápido
para no perder el bus del colegio, que partiría 8:30. Corría cargando una bolsa
enorme con pelotas de colores para los niños. El problema no eran las pelotas,
era lo tarde en que nos habíamos puesto de acuerdo en decidir que las queríamos.
Este año, por “cuestión única del
azar”, enseñaría inglés a los niños de segundo de primaria junto a mis
compañeros Andrea Arriola, Edú Muñoz y Diego Mansilla. Por esta ocasión Andrea no pudo venir,
entonces fue reemplazada por el ex alumno Gonzalo Pariona.
Al parecer yo no era la única con un
retraso inocente, llegamos no tan ligeramente tarde apretando la mordida. Personalmente estaba nerviosa porque a
diferencia de mis compañeros yo no conocía a los niños. Además temía que tratarlos como a los niños de inicial no funcionara. Por si fuera poco, extrañaba a mis diminutos engreídos de
inicial con los cuales me había costado tanto entablar relaciones disque
profundas. Grata fue mi sorpresa cuando ni bien abrimos el salón dos niñas se
colgaron de mi cintura abrazándome, aunque ni siquiera nos conocíamos.
Mis compañeros se encargaron de dictar la clase desde la
pizarra, principalmente Edú. Iniciamos con el sencillo “What’s your name? My
name is...”. Posteriormente rotamos por las mesas para hacerles repasar los
contenidos.
Compartí con una mesa de cuatro
niñas muy diferentes: Kimberly, Kiara, María Isabel y María. La primera era
puros abrazos, facilidad para comprender el inglés, tenía problemas de salud y
dificultad para hacer amigos. La segunda era un misterio porque no hablaba,
pero no podía afirmar ver timidez en ella porque parecía tener muchos amigos
con quienes se relacionaba en silencio; sabía que podía hablar porque entendía
el lenguaje, ya lo que demostraba cuando escribía en su cuaderno. Mi mayor reto
fue la tercera, porque tenía un carácter muy dominante y una personalidad muy
astuta: se rehusaba a hacer lo que no quería hacer y eso incluía aprender
inglés. Sin embargo me repetí a mí misma que estaba ahí por ella y no por mí, intenté
recordar lo aprendido en verano con los terapistas y le pedí ayuda a Dios en mi
fuero interno para dar lo mejor de mí por ella. Por otro lado, María hablaba
más conmigo que con las otras niñas, parecía menos infantil que sus demás
compañeros y emanaba algo diferente. Finalmente intenté con mis precarias
habilidades de liderazgo que las cuatro aprendieran juntas y no por separado,
logrando medianamente el objetivo. De la misma forma repasamos las áreas de la
casa: Kitchen, bedroom, bathroom, etc.
Para el siguiente repaso por mesas decidí
rotar y le pedí a Gonzalo que por favor se encargara con las niñas, suponiendo
que con él se engreirían menos por ser hombre y mayor. Observé que mis
compañeros hacían un buen trabajo. Luego conocí a Leiter y a John, quienes
demostraron habilidad para el inglés respondiendo muy bien a las tácticas que
empleamos. Después conocí a Elvis, quien me llamó mucho la atención pues tenía
trece años y noté que se sentía avergonzado de estar ahí. Intenté hacerlo
entrar en confianza conversando con él en inglés; y hacerlo reír en la medida
de lo posible.
Finalmente llegó el momento de las
pruebas diagnósticas y con dolor en el corazón impedimos que los niños se copiaran aunque
así se arriesgaran a resultados muy bajos. Cuando escaparon a su recreo me
sentí contenta por el buen resultado de la clase, aunque frustrada por las
pelotas que resultaron un esfuerzo
inútil. Aun así se las regalé a los niños para que se divirtieran y le pedí a
María Caycho, del grupo que enseñaría después, que por
favor le dieran un buen uso. Me sentí mal por no poder hacer nada, pero
nos llamaban para el feedback del salón. Casi a punto de salir del colegio de
Llanavilla, me llamaron por detrás. Al bajar
la vista noté a tres alumnas del año pasado a quienes me había acercado mucho: María Fernandad, Lunelba y Yumi. No puedo describir la alegría de
comprender que se habían acordado de mí, ciertamente no hicimos todo mal.
Vinculación con los objetivos:
1. Considerar las implicaciones éticas de sus acciones: Comprendí que la alergia que había tenido el año pasado a Llanavilla se debía a que iba por mi misma y no por los niños. Es una verdad cruda que me cuesta asimilar, pero es la verdad. Sin embargo, esta vez sentí que de verdad estaba ahí por ellos y deseé con todas mis fuerzas que la clase los beneficiara en el presente y en el futuro. Reconocí también con vergüenza que el año pasado buscaba acercarme a los niños que me parecieran más tiernos y eso me hacía una profesora de última categoría. En esta ocasión intenté conocerlos a todos y tratarlos por igual, intentando adentrar en sus magníficas e irrepetibles profundidades. Al final, lo más importante que descubrí fue la necesidad de humildad para que cada trabajo pueda hacerse llamar intento de mejorar el mundo; o en nuestro idioma, de construir la Ciudad de Dios.
2. Emprender nuevos desafíos: Le enseñé por primera vez a niños que sabían hablar fluidamente, escribir, leer y adivinar gestos y miradas. Tenían mayor entendimiento del entorno y de sus propios deseos y cuerpos. Asimismo me tocó transportar una bolsa llena de pelotas en un bus repleto de gente, lo cual siempre consideraré como una anécdota.
3. Trabajar en colaboración con otras personas, proponer y planificar actividades: Sobretodo en el momento de la planificación de la clase. Para decidir el grammar, repartirnos los materiales y distribuirnos las tareas que realizaríamos durante la clase.
4. Desarrollar nuevas habilidades: Pude parcialmente controlar a una niña con un temperamento diferente, María Isabel. Aunque ella no fue la única, conocí a varios niños que compartía la característica de ser mucho más activos y curiosos. Por ejemplo: Leiter, John o Andrea. Lidiar con ellos no fue tan difícil como esperaba, aunque sí fue algo nuevo.
Evidencias:
Durante la clase de inglés, Edú explicando
Indicando a la misteriosa María cómo dar la prueba diagnóstica
La clase siguiente haciendo uso de las pelotas
Reunidos en el feedback del salón extrayendo lo mejor y lo peor de las clases
Extensión: 750




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